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Articulo:
Jose Maria
Galiana
La
playa de La
Marina abarca
una
sucesión
de playas
vírgenes
al amparo de la
sierra del
Molar,
contenidas por
espesos
pinares.El
ágave,
la palmera, el
lagarto
ocelado, la
garza y el
eucalipto
reclaman el
derecho a vivir
en estas
dunas.
La
Marina de Elche
comparte con
Guardamar uno
de los
últimos
cordones
dunares de la
costa
mediterránea,
arenas
procedentes de
tierra adentro
que han sido
transportadas
por el
río
Segura o
llevadas a la
costa por el
mar
Mediterráneo.
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El paseo por la
línea de costa
permite adentrarse desde
cualquier punto a esa
cadena de dunas donde
habita el pino
piñonero, la
palmera datilera, el
ágave, la
chumbera, la uña
de león y varias
especies de
eucaliptos.
Por
lo que concierne a la
fauna, es preciso
distinguir la que vive
en las dunas y la que
busca abrigo en las
riberas del Segura. En
la desembocadura
sólo hay gaviotas
reidoras y
patiamarillas, pero
cauce arriba, pasada la
actual
canalización, la
vegetación
palustre y los islotes
fluviales ofrecen la
posibilidad de ver
garzas, chorlitos y
carriceros.
El
mito, el carbonero
común, la curruca
y otros pajarillos
forestales abundan en
los pinos que dan sombra
a las dunas, y en la
costa los protagonistas
son el chorlitejo
patinegro y el
charrancito:
mención aparte
merecen los arenales que
constituyen un
hábitat de gran
importancia para varios
reptiles, entre ellos el
lagarto
ocelado.
A
la playa de La Marina,
que tiene 1.100 metros
de longitud, fina arena
y agua clara, acuden a
diario un elevado
número de
alemanes, ingleses y
escandinavos que
están
empadronados en San
Fulgencio, municipio de
la Vega Baja recostado
en la Sierra del
Molar.
En
2006 habían
censados 9.597 vecinos,
de los cuales, 4.679
eran británicos,
2.501 españoles y
1.187 alemanes, rotunda
mayoría de
euroresidentes que viven
en un lugar
privilegiado, rodeado de
históricos
humedales, como la
desembocadura del
Segura, el embalse de La
Pedrera, las lagunas de
Torrevieja y La Mata,
las salinas de Santa
Pola y los parques
naturales del Hondo y de
Guardamar.Al igual que
Doñana y El
Saler, este
festón de dunas,
pinadas y humedales
cercanos al
Mediterráneo
forman un ecosistema
único en
España, un
espacio virgen y
apasionante.
La
oferta turística
de la ciudad difiere
mucho de la Costa
Blanca. La
fórmula del
ecoturismo encuentra
aquí un modelo
que no admite semejanza,
dado la riqueza
medioambiental de un
espacio que cuenta con
una enorme
extensión de
dunas, de pinar y playas
protegidas y premiadas
por la Unión
Europea con banderas
azules, como la del
Moncayo, La Roqueta,
Centro, Els Vivers, El
Campo y Los Tosales,
esta última
acotada para el
nudismo.
Tierra
de nadie
A
principios del siglo XVI
esta marina era tierra
de nadie, un desierto
demográfico que
hasta varias centurias
después no
llegó a ser
cristiana de pleno. La
ciudad donde desemboca
el río Segura (en
realidad, desde hace
unos años no
vierte agua al mar) se
distingue
fácilmente por el
castillo que corona la
cumbre de un cabezo
próximo.
El
senderista puede caminar
a lo largo de catorce
kilómetros de
costa y un parque
forestal de ochocientas
hectáreas
declarado de
interés natural,
doscientos de las cuales
pertenecen al municipio
de Elche.
Pasarelas
de madera cruzan las
dunas, y al otro lado
deslumbra el azul del
Mediterráneo. Las
arenas se mezclan con el
crespinillo, las yucas,
los eucaliptos, los
cañizos, la
palmera que reclama su
territorio y la frondosa
pinada que divide esta
desembocadura
virtual.
Al
ecosistema protegido de
pinadas y dunas junto al
mar hay que sumar un
patrimonio
arqueológico
impresionante: el
yacimiento de La
Fonteta, una de las
ciudades fenicias
más importante
del Mediterráneo
durante los siglos VII y
VI a. C., y la
existencia de restos
íberos, romanos y
árabes, culturas
que han dejado en el
entorno huellas tan
valiosas como la e
nigmática Dama de
Guardamar (siglo IV
a.C.), desenterrada en
el Cabezo del Lucero,
los muros del castillo
de la antigua ciudadela
y el yacimiento
islámico de la
Rábita Califal,
monasterio
islámico
declarado bien de
interés
cultural.
Fortificación
militar y religiosa
fechada en el siglo X,
agrupa un excepcional
conjunto de mezquitas.
Abandonado un siglo
después, sus
edificios quedaron
enterrados bajo las
arenas hasta que, a
finales del siglo XX,
fueron descubiertos.El
monasterio está
formado por un complejo
arquitectónico de
celdas-oratorio
separadas por calles y
espacios abiertos, en
cuyo interior una
comunidad de musulmanes
dedicaba su vida al
retiro espiritual. En el
Museo
Arqueológico se
exponen candiles,
jarros, marmitas y una
reproducción de
la lápida
fundacional en el
año 944, aunque
su abandono se produjo a
mediados del siglo
XI.
Mil
años
después, el
futuro es frágil
e incierto. Gran parte
de los sistemas dunares
del Mediterráneo
han desaparecido a causa
de la
especulación
urbanística,
sepultados bajo el
hormigón, y los
que sobreviven
están cautivos,
sin posibilidad de
renovación ni
movilidad, cercados por
las ciudades.
Un
ejemplo palpable es la
construcción en
el corazón de la
mismísima pinada
de edificios de gran
altura.
La
zona norte está
declarada parque litoral
y se encuentra a salvo
de nuevas
transformaciones, al
igual que la zona no
urbanizable de
protección
especial, que llega a la
orilla izquierda del
río.
Ya
veremos. De momento, La
Marina invita
todavía a
rebozarse de arena en
estas playas
vírgenes y sentir
el calor de la
vegetación
autóctona.
En
las paredes de La Marina
un ecologista italiano
ha escrito:
«Respecta la
natura».
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